La revista sólo para ellos (nosotros).
Fútbol, mujeres, cine, juegos de video, tv y porno.
TEST
¿Eres un chico COSMO?
1. Te levantas y piensas:
a. Qué visaje, tengo parola
b. ¿Qué será el desayuno?
c. Qué chafa tengo que trabajar
d. No piensas, no te levantas, sigues durmiendo
2. En la ducha tu…
a. Juegas con el champú
b. Sigues pensando ¿qué será el desayuno?
c. Te quedas estatua bajo el agua hasta que se agote el calentador
d. No te bañas, a penuria te lavas la cara y los dientes
3. Durante un recorrido en bus o transmilenio, tu…
a. Te diviertes viendo cómo la gente se jode por el tráfico y por la pesadez del transporte
b. Checas las chicas del transporte, las ojeas y las perviertes mentalmente
c. Te incomodas hasta más no poder, peleas con el chofer y/o con algún viajante
d. Te importa un pito, pones tu i-pod a todo volumen
4. Anta la filosofía de “Báñese las manos” tu…
a. Depende, si es meada no las lavas, si es cagada sí las lavas
b. Te las lavas después, la higiene convencional así lo predispone
c. No te las lavas en ningún caso pues no representa ningún tipo de peligro para ti
d. Te las lavas antes, pues tu sacro falo requiere todo tipo de atención y asepsia
5. Durante una cena romántica tu…
a. Intentas conocer el ser humano que hay tras el coño
b. Disfrutas la cena, eres inmune al porvenir
c. Actúas igual, si ella aceptó venir es porque tiene algún tipo de interés
d. Finges ser un tipo intelectual, caballeroso y atento, después de todo, la cena romántica es la cuota inicial del sexo
6. Estás en medio de una farra demencial con la chica más sensual de la fiesta. Tu mejor amigo, el que te invitó a la fiesta y el que está gastando la cerveza, se enferma imprevistamente de la barriga, te pide que abandonen el lugar y le lleves a un hospital, tu…
a. Se lo encargas al amigo o conocido más cercano y continúas la fiesta
b. Definitivamente te haces cargo pero te vas puto
c. Te importa cinco, sigues en la fiesta. Para eso tienes más amigos
d. Le das una aspirina y le acuestas en algún rincón del lugar. Continúas la fiesta, después de todo, tu amigo sabrá entender
7. Mónica Belucci te llama al celular y te dice que sí, que harán el amor esa misma noche con la condición de que no se lo cuentes a nadie, tu…
a. Aceptas, pero le pides que el coito se repita
b. Lo que sea con tal de comerse a la delicia italiana
c. Te da igual, lo importante es comerse a la Belucci
d. Te niegas, de nada sirve comerse a Belucci y no poder hacerlo público
8. Se te olvidó el cumpleaños de esa chica importante, tu…
a. Te haces el marica, como si nada hubiese pasado
b. Pides excusas y te reivindicas con alguna idiotez sentimental
c. Tienes la excusa de ser pésimo con las fechas
d. Le reprochas que ella también olvidó tu cumpleaños
9. Saliste de fiesta y la pasaste bomba, al otro día no tienes ni la menor idea de lo sucedido y tienes un bagre a tu lado, tu…
a. Te echas un polvo matutino con los ojos cerrados
b. Te marchas en puntillas y borras el casete
c. Te haces el huevón y sigues durmiendo
d. Le echas la culpa al alcohol y juras no volver a beber
10. Tu novia desea comer burritos y tú hamburguesas al carbón. Ella insiste en burritos y hace pucheros, entonces tú decides complacerla y vas a burritos. En la fila de la caja te encuentras con esa chica que en la escuela era tu amor platónico, ella te invita a una fiesta unas horas más tarde; tu novia continúa irritable y en efecto le sientan mal los burritos y te pide que se vayan a casa, tu…
a. Inventas una excusa. Envías a tu novia a la casa y te vas a la fiesta
b. Te comes los burros que ella dejó y la llevas a casa
c. Armas pelea con tu novia y llamas a la chica de la fila
d. Te vas solo a comer hamburguesas al carbón
11. El cotejo Argentina-Brasil en el canal 35, película erótica en el 12, tu serie favorita en el 3, tu madre te llama a cenar, y tu novia te escribe en el MSN, tu…
a. Canaleas en pro de la diversión absoluta
b. Priorizas y ejecutas
c. Mandas todo a la mierda, no puedes con tanta presión
d. Definitivamente escoges la película del 12
12. La novia de tu mejor amigo coquetea contigo, tu…
a. La perviertes mentalmente esperando a que tu amigo termine con ella
b. Hablas con tu amigo y le comentas el visaje. Quedan en que ella escoja
c. Aprovechas el asunto, después de todo ninguna mujer tiene dueño
d. Le sigues el juego hasta hacerla caer con tu amigo
13. Ante la filosofía “El que no gurrea, no culea” tu…
a. Aplicas pero ebrio
b. Depende del gurre, pues hay algunos que son buena onda
c. Aplicas, pues lo importante es culear
d. No aplicas, pues tienes cierta reputación por conservar
14. Conoces a una chica, tú le gustas, ella te gusta, tu…
a. Te haces el difícil, pues ella tiene que mostrar más interés
b. La llamas, cuadras una especie de cita y te muestras un buen partido
c. Esperas que ella llame o aparezca, después de todo tú le gustas
d. Te ufanas de pinta y celebras con tus amigos
15. Ante un desamor, tu…
a. Ahogas las penas con farra y sexo ocasional
b. Lloras en el hombro de tu amigo más cercano
c. Te da igual, hay muchos peces en el mar, no eres el único ni el primero
d. Te haces el duro, pues los hombres machitos no lloran
16. Después del coito, tu…
a. Abrazas a la chica y procuras un coito próximo
b. Fumas un cigarro, pues es lo tradicional
c. Te acuestas a dormir o te propones alguna actividad diferente
d. Te pones a llenar test maricas
Suma tus respuestas y descubre si eres un chico COSMO
Predominancia de respuestas “a”: LLANERO SOLITARIO
Eres a tu modo sensitivo y pendenciero, un tipo divertido que busca sacar provecho de las situaciones. Lo tuyo es la soltería y la monogamia amistosa con ‘repitis’. Eres lo que toda chica llama “Llanero Solitario”
Predominancia de respuestas “b”: MAJARETA DELUXE
No eres precisamente lo que se dice un ñoño correcto, pero te asemejas bastante. Un tradicional y predecible hombrecillo de jengibre, tu problema radica en tu sensiblería machista típica. Eres en palabras de una suegra “Un buen muchacho”
Predominancia de respuestas “c”: IMPORTACULISTA ILUSTRADO
Aunque tengas una concepción plana de la vida, lo tuyo es vivir sin sobresaltos ni emociones insulsas. Tienes todo más que claro y eso en efecto te facilita vivir. Entre un pepino transgénico y tú no hay mayor diferencia. La palabra AMOR no existe en tu diccionario y la palabra DICCIONARIO no existe en tu universo.
Predominancia de respuestas “d”: EGOÍSTA INMACULADO
Lo tuyo se resume en una frase: “Hay gente tan egoísta, tan egoísta, que sólo piensan en ellos mismos y no piensan en mí”. Para ti sólo existen dos clases de seres humanos: tú y los demás. Tienes el complejo del espejo y por lo general el mejor coito de tu vida fue contigo mismo. Eres el sueño imposible de vivarachas quinceañeras.
miércoles
viernes
YHWH
Al salmo respondemos…
(Acerca de Dios y la fe)
Mi ciudad de origen se llamó, hace algún tiempo, SantaFe de Bogotá. Extrañamente la gente perdió la fe y entonces cambiaron el nombre a un simple, efectista y escueto: Bogotá D.C. (Léase el D como Distrito y la C como Camilo, o sea, el Distrito de Camilo). El caso no provocó polémicas y se dio por sentado que la rimbombancia del primer título estaba, por lógica, mandada a recoger. En efecto, es una ciudad que carga, con desazón y orgullo, el lastre de un pasado y presente violentista y grisáceo. Opaca como pocas, es una ciudad que encarga el amparo del futuro a las deidades de un ente que se muestra, como es habitual en los dioses que pueblan la teología universal, místico, poderoso e invisible.
Futbolistas, abogados y lustrabotas se juran bendecidos por el amor de una deidad tan incomprensible como extraña. Y mientras diversas ramas científicas intentan probar su existencia, otros más osados aseguran que el ejercicio de creencia radica en una rara intuición corpórea que nace del contacto espiritual y que ratifica una presencia inentendible para pobres e incrédulos mortales. No en más, lo cierto es que el fenómeno se ha convertido en una peligrosa y polémica charla de cabecera en mesa, cama y hasta tabernas. Reza el lema: No hablemos ni de religión ni de política ya que nunca sabemos a quién podemos ofender. Pero, es también un mundo de agravios y se ha convertido incluso en tema de cortejo: jóvenes viriles endulzan oídos femeninos con truculentas maniobras dialécticas que encierran el concepto magno y temas afines: “Debo estar en el paraíso porque eres un ángel”; “Carajo, ¿Por qué Dios te hizo tan bella?”; y “Uy mamita, si camina como reza me le aguanto toda la misa”. Otros son más abstractos pero igual de elocuentes: “Por todos los cielos, eres tan hermosa que deberían embalsamarte” ó “Eres un fruto prohibido nena”. Y, a pena de caer en calumnias, es probable que alguien tan omnipresente no pierda el tiempo creando chicas hermosas y lo que es más, que las fabrique con tan graves defectos intelectuales.
Lo justo sería tener pruebas certeras del poder magnánimo de dichas entidades. Pero ese sería grosero: se antoja una falta de respeto para el patrón poner en duda su poder. Sin embargo, algunos agrestes sugieren correr el riesgo. En contraparte, el creyente resurge y apela a la fe: una extraña energía cósmica que invade el cuerpo de esperanza y un optimismo fortalecido por el barullo popular. Dicen por ahí: la unión hace la fuerza y se refuerza con panfletos y agua bendita. De ahí que la supremacía exista, viva y se multiplique en las masas.
Por eso para el politeísta, la deidad está en cualquier cosa. Desde Maradona hasta roqueros que, paradójicamente, cantan con influencias contrarias. Sin embargo, entre gustos no hay disgustos y cada bendecido apela y defiende su propia versión de la divinidad eterna. Algunos se encargan de darle forma, nombre e incluso voz. No en vano, ha sido desde un arbolito en llamas hasta un robusto y canoso hombre de recia mirada y barba tupida (Véase la creación de Miguel Ángel) pasando por la clásica nube traslúcida y el halo amarillento de luz solar. Empero del asunto, es cuestión del creyente darle la morfología que le plazca. Para algunas, Johnny Depp es digno de rezos, castigos y redenciones. Valga el símil.
De hecho, algunos, más radicales en sus cuestionamientos, han intentado propinarle una imagen femenil. Pero se han visto derrocados al toparse con teorías de implacable origen machista que apelan a decir que sea lo que sea, Dios es un ente de cromosoma sexual x-y. Y parece lógico si de ello derivamos el cúmulo de errores por metro cuadrado de creación. No en más, que el poder absoluto se le propine a una mujer también es tema de discusión. Ya se sabe que son seres altamente sensibles e impulsivos (1). Y de ello puede derivar el fin de los tiempos en el mejor o peor de los casos.
No obstante, la defensa aplica. Y oportuno es, reclamar el respeto adecuado. Se trata de un concepto teológico, filosófico y antropológico. Anteriormente se le trataba con una ortodoxia pulcra e inapelable. No había lugar a dudas o percepciones, y ese jubileo se ha ido transformando con el paso del tiempo y con el correr de las nuevas tendencias culturales. Hoy por el hoy, el Dios de postura rectilínea e integridad hierática ha sido convertido en un Dios lozano y camarada contento pese a su oficio. Incluso los cánticos, inicialmente adornados de un misticismo sacramental, se han convertido en rolas que se mueven a caballo entre el rockabilly y el psychedelic pop.
Pero se sucumbe ante el miedo. El miedo a una figura implacable capaz de proporcionar amor y castigo en dosis alarmantes. Se promueve la ley del sistema. Se vive en un mundo de leyes en dónde ni la fe está exenta. El miedo, extrañamente, no nace de la falta de amor sino del descuidado quebranto de las leyes. Y aparecen el castigo y la culpa. Y se pregona la máxima: Él Señor te castiga porque te ama y sus castigos son crueles y despiadados porque así se asegura de que no que vuelvas a errar. Porque además es un Dios de amor y perdón. Y entonces aparecen la misericordia y la redención. Ya que el mínimo gen de rebeldía es castigado con el más oscuro y desdichado de los confines: el infierno. Y, en contraparte, se nos ofrece el paraíso como garantía de la felicidad eterna. Se promueve la salvación. Pero, y acá viene el pero, qué se hace en esa “vida” eterna del paraíso. Al menos se sabe que en el infierno vamos a sufrir pero ser felices es un estado demasiado catatónico. Carece incluso de imaginación. Por lo que se hace necesario solicitar más garantías del mundo prometido. ¿Qué hacen, qué venden y cuánto sale? Por que de eso tan bueno no dan tanto. Y ahí cerramos el círculo, porque en espera de respuestas se fundamenta la fe. Las horas pasan, los días pasan, los meses y los años pasan y seguimos esperando a que un ser de inimaginable poder se manifieste ante nosotros con inimaginables formas de hacerlo para demostrarnos a todos lo mucho o lo poco que estamos equivocados en la concepción de sus haberes y entonces juraremos haber sido y no haber sido para quedar a paz y salvo en su gloria, esperando que él nos salve y nos eleve, no sabemos de qué ni a dónde pero que haga algo con nosotros. Algo que nosotros mismos somos incapaces de hacer y que se nos escapa del entendimiento y de las manos.
Si existe o no existe es un problema personal. Como cagar o comer. De ahí en más no incumbe a la chusma. Y replico, si la fe mueve montañas entonces que mueva Monserrate un poquito para el sur porque me está tapando el sol y hace frío.
(1) Cita requerida. Estudio del instituto emocional de heridas amorosas Lázar Auf der-Maur realizado en 2009 que comprueba este dato.
(Acerca de Dios y la fe)
Mi ciudad de origen se llamó, hace algún tiempo, SantaFe de Bogotá. Extrañamente la gente perdió la fe y entonces cambiaron el nombre a un simple, efectista y escueto: Bogotá D.C. (Léase el D como Distrito y la C como Camilo, o sea, el Distrito de Camilo). El caso no provocó polémicas y se dio por sentado que la rimbombancia del primer título estaba, por lógica, mandada a recoger. En efecto, es una ciudad que carga, con desazón y orgullo, el lastre de un pasado y presente violentista y grisáceo. Opaca como pocas, es una ciudad que encarga el amparo del futuro a las deidades de un ente que se muestra, como es habitual en los dioses que pueblan la teología universal, místico, poderoso e invisible.
Futbolistas, abogados y lustrabotas se juran bendecidos por el amor de una deidad tan incomprensible como extraña. Y mientras diversas ramas científicas intentan probar su existencia, otros más osados aseguran que el ejercicio de creencia radica en una rara intuición corpórea que nace del contacto espiritual y que ratifica una presencia inentendible para pobres e incrédulos mortales. No en más, lo cierto es que el fenómeno se ha convertido en una peligrosa y polémica charla de cabecera en mesa, cama y hasta tabernas. Reza el lema: No hablemos ni de religión ni de política ya que nunca sabemos a quién podemos ofender. Pero, es también un mundo de agravios y se ha convertido incluso en tema de cortejo: jóvenes viriles endulzan oídos femeninos con truculentas maniobras dialécticas que encierran el concepto magno y temas afines: “Debo estar en el paraíso porque eres un ángel”; “Carajo, ¿Por qué Dios te hizo tan bella?”; y “Uy mamita, si camina como reza me le aguanto toda la misa”. Otros son más abstractos pero igual de elocuentes: “Por todos los cielos, eres tan hermosa que deberían embalsamarte” ó “Eres un fruto prohibido nena”. Y, a pena de caer en calumnias, es probable que alguien tan omnipresente no pierda el tiempo creando chicas hermosas y lo que es más, que las fabrique con tan graves defectos intelectuales.
Lo justo sería tener pruebas certeras del poder magnánimo de dichas entidades. Pero ese sería grosero: se antoja una falta de respeto para el patrón poner en duda su poder. Sin embargo, algunos agrestes sugieren correr el riesgo. En contraparte, el creyente resurge y apela a la fe: una extraña energía cósmica que invade el cuerpo de esperanza y un optimismo fortalecido por el barullo popular. Dicen por ahí: la unión hace la fuerza y se refuerza con panfletos y agua bendita. De ahí que la supremacía exista, viva y se multiplique en las masas.
Por eso para el politeísta, la deidad está en cualquier cosa. Desde Maradona hasta roqueros que, paradójicamente, cantan con influencias contrarias. Sin embargo, entre gustos no hay disgustos y cada bendecido apela y defiende su propia versión de la divinidad eterna. Algunos se encargan de darle forma, nombre e incluso voz. No en vano, ha sido desde un arbolito en llamas hasta un robusto y canoso hombre de recia mirada y barba tupida (Véase la creación de Miguel Ángel) pasando por la clásica nube traslúcida y el halo amarillento de luz solar. Empero del asunto, es cuestión del creyente darle la morfología que le plazca. Para algunas, Johnny Depp es digno de rezos, castigos y redenciones. Valga el símil.
De hecho, algunos, más radicales en sus cuestionamientos, han intentado propinarle una imagen femenil. Pero se han visto derrocados al toparse con teorías de implacable origen machista que apelan a decir que sea lo que sea, Dios es un ente de cromosoma sexual x-y. Y parece lógico si de ello derivamos el cúmulo de errores por metro cuadrado de creación. No en más, que el poder absoluto se le propine a una mujer también es tema de discusión. Ya se sabe que son seres altamente sensibles e impulsivos (1). Y de ello puede derivar el fin de los tiempos en el mejor o peor de los casos.
No obstante, la defensa aplica. Y oportuno es, reclamar el respeto adecuado. Se trata de un concepto teológico, filosófico y antropológico. Anteriormente se le trataba con una ortodoxia pulcra e inapelable. No había lugar a dudas o percepciones, y ese jubileo se ha ido transformando con el paso del tiempo y con el correr de las nuevas tendencias culturales. Hoy por el hoy, el Dios de postura rectilínea e integridad hierática ha sido convertido en un Dios lozano y camarada contento pese a su oficio. Incluso los cánticos, inicialmente adornados de un misticismo sacramental, se han convertido en rolas que se mueven a caballo entre el rockabilly y el psychedelic pop.
Pero se sucumbe ante el miedo. El miedo a una figura implacable capaz de proporcionar amor y castigo en dosis alarmantes. Se promueve la ley del sistema. Se vive en un mundo de leyes en dónde ni la fe está exenta. El miedo, extrañamente, no nace de la falta de amor sino del descuidado quebranto de las leyes. Y aparecen el castigo y la culpa. Y se pregona la máxima: Él Señor te castiga porque te ama y sus castigos son crueles y despiadados porque así se asegura de que no que vuelvas a errar. Porque además es un Dios de amor y perdón. Y entonces aparecen la misericordia y la redención. Ya que el mínimo gen de rebeldía es castigado con el más oscuro y desdichado de los confines: el infierno. Y, en contraparte, se nos ofrece el paraíso como garantía de la felicidad eterna. Se promueve la salvación. Pero, y acá viene el pero, qué se hace en esa “vida” eterna del paraíso. Al menos se sabe que en el infierno vamos a sufrir pero ser felices es un estado demasiado catatónico. Carece incluso de imaginación. Por lo que se hace necesario solicitar más garantías del mundo prometido. ¿Qué hacen, qué venden y cuánto sale? Por que de eso tan bueno no dan tanto. Y ahí cerramos el círculo, porque en espera de respuestas se fundamenta la fe. Las horas pasan, los días pasan, los meses y los años pasan y seguimos esperando a que un ser de inimaginable poder se manifieste ante nosotros con inimaginables formas de hacerlo para demostrarnos a todos lo mucho o lo poco que estamos equivocados en la concepción de sus haberes y entonces juraremos haber sido y no haber sido para quedar a paz y salvo en su gloria, esperando que él nos salve y nos eleve, no sabemos de qué ni a dónde pero que haga algo con nosotros. Algo que nosotros mismos somos incapaces de hacer y que se nos escapa del entendimiento y de las manos.
Si existe o no existe es un problema personal. Como cagar o comer. De ahí en más no incumbe a la chusma. Y replico, si la fe mueve montañas entonces que mueva Monserrate un poquito para el sur porque me está tapando el sol y hace frío.
(1) Cita requerida. Estudio del instituto emocional de heridas amorosas Lázar Auf der-Maur realizado en 2009 que comprueba este dato.
sábado
Esa chica joven
(Acerca de la nostalgia sexual)
“En cierta ocasión, cuando era más joven y bella…”
El maestro dramaturgo ruso Antón Chéjov inicia así uno de sus famosos cuentos: “La Corista”. Yo agrego: “En cierta ocasión, cuando era más joven y bello…” Y le pido encarecidamente al estimado lector que valga el símil ya que estoy por contarle el por qué de mi imposibilidad de amar a cualquier mujer: Valeria, la juguetona rubia del 6-c, me arañó la cara cuando intenté explicarle; Ana, en cambio, reaccionó pacíficamente pero me dejó claro a dónde podía largarme y créame señor lector que no es mi intención ser grosero en este relato. Por otra parte la pequeña Sofía, que parecía una tierna y empantanada gata salida de una novela de Capote, mostró el filo de sus garras y me lanzó seis platos y dos pocillos que hábilmente logré esquivar porque en efecto se me dan bien las artes marciales ya que fui criado por la filmografía de Jean-Claude Van Damme y la trilogía de los Kung Fu Kids. De nuevo, por favor, valga el símil.
No me apetece hablar de mis ocasos sentimentales ni de mis virtudes sexuales (Que por cierto son material propio para una trilogía de novelas), mi interés acá es netamente fraternal y solidario, quiero compartir con ustedes mis más profundos dilemas emocionales y lograr así desatar este nudo de impotencia (Metafóricamente hablando, por supuesto) que me aqueja en esta vigilia crepuscular.
Resurjo entonces: En cierta ocasión, cuando era más joven y bello, me topé con la delirante sorpresa de encontrar una cinta de cine rojo. A mi truculenta mente de pervertido de siete años se le pasó por la cabeza que se trataba de cine soviético. Los nombres de Dziga Vertov, Vsévolod Pudovkin, Lev Kulechov y el mismo Sergei Eisenstein iluminaron mi mente con la brusquedad propia del gen ruso. Y no era para menos. La cubierta de la película estaba llena de un fulguroso rojo sangre que palpitaba amparado por una tradición bélica insufrible. Y hacía frío. Había un incierto aire similar al invierno pero estábamos en un barrio marginal de la Bogotá de los noventas. Afuera llovían bombas y granizo. Pero en mi refugio se respiraba el desértico y gélido aire de las vacaciones decembrinas. Era una Beta de esas que ya no se ven y estaba escondida en las mangas de una vieja chaqueta de cuero propia de la década anterior y que estaba en desuso.
La sorpresa fue inmediata. Toda la teoría del formalismo ruso confluía en una impactante y excitante cinta porno del 84’. El glorioso ‘Kino-Pravda’ o el ‘Montaje de Atracciones’ estaban al servicio del análisis. Y era eso. Ginger Lynn, Tracy Lords y Harry Reems, juntos en esta obra maestra del cine rojo del siglo XX.
Las cosas cambian con el tiempo. Y lo hacen a un ritmo vertiginoso. Lo mismo pasa con los coños. Hoy por hoy la disonante ‘Shaved Pussy’ atesta la pornografía mundial y se cuela entre lo más apetecido por la mancebía actual. Aunque no siempre fue así. Para mi gusto, la vagina más hermosa del planeta la tiene la célebre protagonista del filme: la rubia oriunda de Rockford, Illinois: Ginger Lynn. Y no es para menos, Ginger tiene todo lo necesario: una belleza clásica, melena a punto, unos atrapantes ojos azul almendra y una mirada desestabilizadora. Un cuerpo de curvaturas milimétricas, tetas a medida y pezones tipo mapamundi. Además sabe gemir. El ruido es armonioso y resulta incluso placentero escucharla gritar lo que le gusta, cuánto le gusta y por donde le gusta.
Nacida en el 62’, entró en el negocio del cine para adultos en la década de los 80’s. Dejó su ciudad natal tras la muerte de su abuelo y se instaló probando suerte en California. A su bajada del bus en la ciudad de los excesos, se halló de repente sola, perdida y desorientada. Pero dos horas más tarde estaba en un motel, inhalando cocaína y cogiéndose a tres motociclistas. Comenzó su carrera haciendo desnudos en la famosa revista ‘Penthouse’ dónde pronto vislumbraría el futuro en las cintas porno. Su primer película ‘Surrender in Paradise’ data de 1984. Ginger cumplía sus primeros veintiún años de preocupada existencia y los había celebrado en las, paradójicamente, paradisíacas playas de Hawaii.
Ese mismo año fue la estrella de otros seis filmes entre los que se encuentra ‘Those Young Girls’ que se tradujo al castellano como: ‘Esas Chicas Jóvenes’. Filme, para mi gusto, de culto. Ginger comparte escenario con otra reina del cine rojo: Tracy Lords, que para entonces suscitó lo que sería una de los más grandes escándalos del celuloide erótico por haber actuado en varios filmes siendo ella menor de edad. Empero del asunto, la cinta es magistral: dos jóvenes y hermosas chicas se entregan a la búsqueda sexual de su identidad y se entregan la una a la otra. Luego de ser separadas por la moral de un estricto padre, las chicas continúan con sus vidas hasta re-encontrarse tres años después en la capital. Para ese entonces Tracy es una reconocida actriz porno y la pequeña Ginger recién llega a la ciudad en busca de nuevos horizontes (Un poco como en la vida real). Después del encuentro, Tracy promete a Ginger meterla en el negocio y le pone cita con un afamado productor que ve en Ginger un notable potencial. Tracy vive con su co-estrella de set: Harry Reems que de inmediato queda flechado por Ginger (¿Pero quien no?). Acto seguido, la hermosa rubia inicia su carrera con tan creciente y vertiginoso éxito que despierta pronto los celos de su amiga Tracy. Incluso Harry y el productor terminan prefiriendo el cariño y el coño de ‘Gi’. Sin embargo, ella sólo quiere la admiración y el amor de alguien: de Tracy. Finalmente, Ginger decide abandonar su nuevo mundo con la única idea de poder estar en paz con la persona que ama y se entrega definitivamente a ésta. Tracy comprende el valor de los esfuerzos de Ginger y se entregan mutuamente en una de las escenas más estimulantes de la historia del universo. La película termina con una treta que el par de amigas le juegan al bueno de Harry pero eso es relleno y ahí siempre ponía ‘pause’. (Lo siento Harry).
En la vida real, Ginger se hizo también de una creciente y abultada fama que la convirtió en una de las más grandes estrellas del cine para adultos de todos los tiempos. Siendo pionera en la penetración anal y la doble penetración, así como también en el ‘Talk Dirty’. Incluso la copiosa de Madonna tomó de Ginger el look que ésta pregonaba con peculiar estilo, en su tema: ‘Like a Virgin’. Y, sólo dos años más tarde (En 1986) Ginger Lynn abandonaría su carrera fílmica afincándose en la industria ya no como actriz sino como productora tras crear su propia línea de videos: ‘Vivid Entertainment’. Años después tendría un par de líos por evasión de impuestos y pasaría una temporada en la cárcel así como también en centros de rehabilitación por su consumo de drogas. Pese a ello, la implacable mujer de tiernos y fieros ojos azules saldría avante de sus problemas personales y de los problemas fuera de alcance. Y, tras superar un cáncer cervical, Ginger regresaría al cine con un par de filmes para adultos y algunas producciones de corte B.
Pero, regresando al tema central, aquella mágica cinta que vivió escondida en las chaquetas de mi padre, fue por largo tiempo mi película favorita. Incluso mis amadas ‘Bleu’ y ‘Rouge’ sucumbieron varias temporadas en la mediocridad del segundo y tercer puesto en mi top tres de amores fílmicos. Y no hubo quejas. Aquél coño de oro invadió todas mis tardes de soledad adolescente y sin darme cuenta y con creciente apego esa fulminante rubia se convirtió en mi idea de la perfección. Ella era mi amor imposible, mi ejercicio para las ansias. Las chicas de carne y hueso eran demasiado reales para mí. Sus chochos tenían olor y sabor y sudaban. Y pedían palabras y pedían taxis después de las sacudidas. Y me pedían amor o más polvos ó más polvos con amor. En cambio Ginger permanecía intacta y hermosa después de cada eyaculada. No pedía nada. Sólo se limitaba a ser ella tras la pantalla. Y estaba allí, esperando siempre a por mí, a cualquier hora, dispuesta a ser mi antro de desahogos. Mi amor perfecto, mi chica eterna.
Un tiempo después, con el ajetreo de alguna mudanza, la cinta se perdió entre cajas y chécheres. Encima la tecnología cambió groseramente y tuvimos que vender el Betamax. Ginger su fue pero en su lugar quedó la nostalgia y el recuerdo. Aquella chica joven había hecho algo con aquel chico joven. Y no era para menos. En mis sueños eróticos sueño que soy Ginger y me escondo en las gavetas de algún padre generoso. ¿Comprenden mi punto?
“En cierta ocasión, cuando era más joven y bella…”
El maestro dramaturgo ruso Antón Chéjov inicia así uno de sus famosos cuentos: “La Corista”. Yo agrego: “En cierta ocasión, cuando era más joven y bello…” Y le pido encarecidamente al estimado lector que valga el símil ya que estoy por contarle el por qué de mi imposibilidad de amar a cualquier mujer: Valeria, la juguetona rubia del 6-c, me arañó la cara cuando intenté explicarle; Ana, en cambio, reaccionó pacíficamente pero me dejó claro a dónde podía largarme y créame señor lector que no es mi intención ser grosero en este relato. Por otra parte la pequeña Sofía, que parecía una tierna y empantanada gata salida de una novela de Capote, mostró el filo de sus garras y me lanzó seis platos y dos pocillos que hábilmente logré esquivar porque en efecto se me dan bien las artes marciales ya que fui criado por la filmografía de Jean-Claude Van Damme y la trilogía de los Kung Fu Kids. De nuevo, por favor, valga el símil.
No me apetece hablar de mis ocasos sentimentales ni de mis virtudes sexuales (Que por cierto son material propio para una trilogía de novelas), mi interés acá es netamente fraternal y solidario, quiero compartir con ustedes mis más profundos dilemas emocionales y lograr así desatar este nudo de impotencia (Metafóricamente hablando, por supuesto) que me aqueja en esta vigilia crepuscular.
Resurjo entonces: En cierta ocasión, cuando era más joven y bello, me topé con la delirante sorpresa de encontrar una cinta de cine rojo. A mi truculenta mente de pervertido de siete años se le pasó por la cabeza que se trataba de cine soviético. Los nombres de Dziga Vertov, Vsévolod Pudovkin, Lev Kulechov y el mismo Sergei Eisenstein iluminaron mi mente con la brusquedad propia del gen ruso. Y no era para menos. La cubierta de la película estaba llena de un fulguroso rojo sangre que palpitaba amparado por una tradición bélica insufrible. Y hacía frío. Había un incierto aire similar al invierno pero estábamos en un barrio marginal de la Bogotá de los noventas. Afuera llovían bombas y granizo. Pero en mi refugio se respiraba el desértico y gélido aire de las vacaciones decembrinas. Era una Beta de esas que ya no se ven y estaba escondida en las mangas de una vieja chaqueta de cuero propia de la década anterior y que estaba en desuso.
La sorpresa fue inmediata. Toda la teoría del formalismo ruso confluía en una impactante y excitante cinta porno del 84’. El glorioso ‘Kino-Pravda’ o el ‘Montaje de Atracciones’ estaban al servicio del análisis. Y era eso. Ginger Lynn, Tracy Lords y Harry Reems, juntos en esta obra maestra del cine rojo del siglo XX.
Las cosas cambian con el tiempo. Y lo hacen a un ritmo vertiginoso. Lo mismo pasa con los coños. Hoy por hoy la disonante ‘Shaved Pussy’ atesta la pornografía mundial y se cuela entre lo más apetecido por la mancebía actual. Aunque no siempre fue así. Para mi gusto, la vagina más hermosa del planeta la tiene la célebre protagonista del filme: la rubia oriunda de Rockford, Illinois: Ginger Lynn. Y no es para menos, Ginger tiene todo lo necesario: una belleza clásica, melena a punto, unos atrapantes ojos azul almendra y una mirada desestabilizadora. Un cuerpo de curvaturas milimétricas, tetas a medida y pezones tipo mapamundi. Además sabe gemir. El ruido es armonioso y resulta incluso placentero escucharla gritar lo que le gusta, cuánto le gusta y por donde le gusta.
Nacida en el 62’, entró en el negocio del cine para adultos en la década de los 80’s. Dejó su ciudad natal tras la muerte de su abuelo y se instaló probando suerte en California. A su bajada del bus en la ciudad de los excesos, se halló de repente sola, perdida y desorientada. Pero dos horas más tarde estaba en un motel, inhalando cocaína y cogiéndose a tres motociclistas. Comenzó su carrera haciendo desnudos en la famosa revista ‘Penthouse’ dónde pronto vislumbraría el futuro en las cintas porno. Su primer película ‘Surrender in Paradise’ data de 1984. Ginger cumplía sus primeros veintiún años de preocupada existencia y los había celebrado en las, paradójicamente, paradisíacas playas de Hawaii.
Ese mismo año fue la estrella de otros seis filmes entre los que se encuentra ‘Those Young Girls’ que se tradujo al castellano como: ‘Esas Chicas Jóvenes’. Filme, para mi gusto, de culto. Ginger comparte escenario con otra reina del cine rojo: Tracy Lords, que para entonces suscitó lo que sería una de los más grandes escándalos del celuloide erótico por haber actuado en varios filmes siendo ella menor de edad. Empero del asunto, la cinta es magistral: dos jóvenes y hermosas chicas se entregan a la búsqueda sexual de su identidad y se entregan la una a la otra. Luego de ser separadas por la moral de un estricto padre, las chicas continúan con sus vidas hasta re-encontrarse tres años después en la capital. Para ese entonces Tracy es una reconocida actriz porno y la pequeña Ginger recién llega a la ciudad en busca de nuevos horizontes (Un poco como en la vida real). Después del encuentro, Tracy promete a Ginger meterla en el negocio y le pone cita con un afamado productor que ve en Ginger un notable potencial. Tracy vive con su co-estrella de set: Harry Reems que de inmediato queda flechado por Ginger (¿Pero quien no?). Acto seguido, la hermosa rubia inicia su carrera con tan creciente y vertiginoso éxito que despierta pronto los celos de su amiga Tracy. Incluso Harry y el productor terminan prefiriendo el cariño y el coño de ‘Gi’. Sin embargo, ella sólo quiere la admiración y el amor de alguien: de Tracy. Finalmente, Ginger decide abandonar su nuevo mundo con la única idea de poder estar en paz con la persona que ama y se entrega definitivamente a ésta. Tracy comprende el valor de los esfuerzos de Ginger y se entregan mutuamente en una de las escenas más estimulantes de la historia del universo. La película termina con una treta que el par de amigas le juegan al bueno de Harry pero eso es relleno y ahí siempre ponía ‘pause’. (Lo siento Harry).
En la vida real, Ginger se hizo también de una creciente y abultada fama que la convirtió en una de las más grandes estrellas del cine para adultos de todos los tiempos. Siendo pionera en la penetración anal y la doble penetración, así como también en el ‘Talk Dirty’. Incluso la copiosa de Madonna tomó de Ginger el look que ésta pregonaba con peculiar estilo, en su tema: ‘Like a Virgin’. Y, sólo dos años más tarde (En 1986) Ginger Lynn abandonaría su carrera fílmica afincándose en la industria ya no como actriz sino como productora tras crear su propia línea de videos: ‘Vivid Entertainment’. Años después tendría un par de líos por evasión de impuestos y pasaría una temporada en la cárcel así como también en centros de rehabilitación por su consumo de drogas. Pese a ello, la implacable mujer de tiernos y fieros ojos azules saldría avante de sus problemas personales y de los problemas fuera de alcance. Y, tras superar un cáncer cervical, Ginger regresaría al cine con un par de filmes para adultos y algunas producciones de corte B.
Pero, regresando al tema central, aquella mágica cinta que vivió escondida en las chaquetas de mi padre, fue por largo tiempo mi película favorita. Incluso mis amadas ‘Bleu’ y ‘Rouge’ sucumbieron varias temporadas en la mediocridad del segundo y tercer puesto en mi top tres de amores fílmicos. Y no hubo quejas. Aquél coño de oro invadió todas mis tardes de soledad adolescente y sin darme cuenta y con creciente apego esa fulminante rubia se convirtió en mi idea de la perfección. Ella era mi amor imposible, mi ejercicio para las ansias. Las chicas de carne y hueso eran demasiado reales para mí. Sus chochos tenían olor y sabor y sudaban. Y pedían palabras y pedían taxis después de las sacudidas. Y me pedían amor o más polvos ó más polvos con amor. En cambio Ginger permanecía intacta y hermosa después de cada eyaculada. No pedía nada. Sólo se limitaba a ser ella tras la pantalla. Y estaba allí, esperando siempre a por mí, a cualquier hora, dispuesta a ser mi antro de desahogos. Mi amor perfecto, mi chica eterna.
Un tiempo después, con el ajetreo de alguna mudanza, la cinta se perdió entre cajas y chécheres. Encima la tecnología cambió groseramente y tuvimos que vender el Betamax. Ginger su fue pero en su lugar quedó la nostalgia y el recuerdo. Aquella chica joven había hecho algo con aquel chico joven. Y no era para menos. En mis sueños eróticos sueño que soy Ginger y me escondo en las gavetas de algún padre generoso. ¿Comprenden mi punto?
viernes
El implacable "Yo" que grita susurros
(Extracto del libro: “Mi amigo el cine” de Camilo Barba-Jacob)
La pólvora había roto mis tímpanos después de la tormenta. El cielo rugía potente entre luces y nubes torpes que no tenían ánimo de dormir una siesta. Como era habitual en mí, me encerré en las reflexiones de un filme con claros tintes de existencialismo clerical. Y lloré en mi silencio y reí en mi soledad. Mi alma por aquel entonces medía un metro con noventaisiete y estaba más robusto que raquítico. El aire de la ciudad se consumía con el paso de la noche y había esquirlas de melancolía en mis explosiones subterráneas. El fragor de un verde agrario se instalaba en mí con vertiginoso empuje y morí un par de veces antes de entender mis impulsos. No pude evitar haber nacido campestre, y de lejos, olvidar el aliento de las gallinas matutinas y el amparo de las vacas hijas. Soy simplemente un salvaje armado de ideas vagas porque hasta el carisma se pierde con los años. Mis únicos amigos aguardan por mí en estuches de cartón y plástico, sus vidas duran lo mismo que una película y son todo lo que necesito en esta noche de rara fiesta ambarina.
La pólvora había roto mis tímpanos después de la tormenta. El cielo rugía potente entre luces y nubes torpes que no tenían ánimo de dormir una siesta. Como era habitual en mí, me encerré en las reflexiones de un filme con claros tintes de existencialismo clerical. Y lloré en mi silencio y reí en mi soledad. Mi alma por aquel entonces medía un metro con noventaisiete y estaba más robusto que raquítico. El aire de la ciudad se consumía con el paso de la noche y había esquirlas de melancolía en mis explosiones subterráneas. El fragor de un verde agrario se instalaba en mí con vertiginoso empuje y morí un par de veces antes de entender mis impulsos. No pude evitar haber nacido campestre, y de lejos, olvidar el aliento de las gallinas matutinas y el amparo de las vacas hijas. Soy simplemente un salvaje armado de ideas vagas porque hasta el carisma se pierde con los años. Mis únicos amigos aguardan por mí en estuches de cartón y plástico, sus vidas duran lo mismo que una película y son todo lo que necesito en esta noche de rara fiesta ambarina.
miércoles
El Monstruo y Yo
(Acerca de la belleza)
Recorrió un espacio alterno a la morfología habitual del universo después de cepillarse los dientes con sarna y crema dental de un azul entrecortado y viscoso. Unas diminutas láminas blanqueadoras brillaban como polvo de cristales en la cima de una lengua marrón. La luz era apropiada y traicionera; un foco tungsteno de veintitrés watts, que curiosamente hacían juego con la edad que festejaba. A tientas podía sentir una serie de baldosines color aguamarina cuyo relieve demarcaba las formas de un cisne obeso o de una ballena en régimen de tunas. El suelo era húmedo y discreto, parecía un tapete persa sobrevolando el pacífico y de la oblonga cuna de suciedades emergía un halo mentolado que invadía el techo y le dejaba marcas inolvidables de eucalipto y hierbabuena. Ruidos entre esmeralda y nácar en el raso hueso de concreto. Y había un abucheo de emociones en algún desierto del hipotálamo: ‘Nada mágico en el llanto de un zancudo viciado a la mierda de retrete’- Pensó impotente. Sólo un cuento medieval de balneario podría calmar las torpes indagaciones de un ecléctico fantasma de verano. Salió imperturbable y escupió deseos llenos de rabia y lívido. Afuera hacía sol y la temperatura amenazaba ráfagas de fuego. Pero él permanecía impenetrable en unos ajustados y herméticos pantalones color rojo ardilla. Su aspecto era agradable pese a las hendiduras del tiempo. Tenía marcas más agudas en las mejillas y en la mente. Su pelo remembraba a un psicodélico grupo de los setentas pero bajo el flequillo se escondía una calvicie prematura. Más abajo había una raya en la piel que se hacía nítida con el fastidio del sol y bajo un escuálido y baldío pecho vivía radicada, desde hacía meses, una foránea y abultada barriga que no pagaba renta. El tiempo ruge- Pensó al instante. Sobre una planicie de ladrillo un espejo sucumbía atolondrado. Y duele- Repuso con tristeza. El año de sus veintitrés años había llegado con una opaca nube de imperfectos. Fallas de concepción en su factura que él daba por nimias un año atrás. Era demasiado enano y tenía huellas de angustia en el cuello y brazos. El acné había demolido la mitad de su piel facial y tenía la espalda chueca. No tenía hombros ni carisma. Sus pantorrillas eran demasiado delgadas y sus muslos demasiado flácidos. La boca era desproporcionada y las cejas no tenían un patrón lógico de conducta. Empezaba a perder visión, olfato y oído .Las coyunturas hacían ruidos estrepitosos al mínimo movimiento y los dientes perdían calcio sin tregua. Me fui a la mierda- Pensó afligido. Apagó la luz y se fue a la cama pensando en su ocaso social. No era bello ni tenía auto. Lloró un rato en silencio pero las lágrimas no eran ordenadas y hacían mucho ruido. Entonces dejo de llorar. Una neurona imprevistamente reclamó en un gélido pensamiento: ‘Parece que aún queda algo de corazón…’. Hubo un silencio y hubo un letargo amparado por parpadeos descoordinados. Sin embargo, algo todavía se movía en medio del pecho. Un leve e ininterrumpido bombeo de diáfanas respiraciones se sucedían en aquel cementerio. Eso si que es un defecto- Replicó. Y de repente, casi como una orden celestial, el monstruo cerró los ojos con fuerza y soñó que era el ser más hermoso del planeta. Por supuesto, en el sueño del monstruo no había espejos.
Recorrió un espacio alterno a la morfología habitual del universo después de cepillarse los dientes con sarna y crema dental de un azul entrecortado y viscoso. Unas diminutas láminas blanqueadoras brillaban como polvo de cristales en la cima de una lengua marrón. La luz era apropiada y traicionera; un foco tungsteno de veintitrés watts, que curiosamente hacían juego con la edad que festejaba. A tientas podía sentir una serie de baldosines color aguamarina cuyo relieve demarcaba las formas de un cisne obeso o de una ballena en régimen de tunas. El suelo era húmedo y discreto, parecía un tapete persa sobrevolando el pacífico y de la oblonga cuna de suciedades emergía un halo mentolado que invadía el techo y le dejaba marcas inolvidables de eucalipto y hierbabuena. Ruidos entre esmeralda y nácar en el raso hueso de concreto. Y había un abucheo de emociones en algún desierto del hipotálamo: ‘Nada mágico en el llanto de un zancudo viciado a la mierda de retrete’- Pensó impotente. Sólo un cuento medieval de balneario podría calmar las torpes indagaciones de un ecléctico fantasma de verano. Salió imperturbable y escupió deseos llenos de rabia y lívido. Afuera hacía sol y la temperatura amenazaba ráfagas de fuego. Pero él permanecía impenetrable en unos ajustados y herméticos pantalones color rojo ardilla. Su aspecto era agradable pese a las hendiduras del tiempo. Tenía marcas más agudas en las mejillas y en la mente. Su pelo remembraba a un psicodélico grupo de los setentas pero bajo el flequillo se escondía una calvicie prematura. Más abajo había una raya en la piel que se hacía nítida con el fastidio del sol y bajo un escuálido y baldío pecho vivía radicada, desde hacía meses, una foránea y abultada barriga que no pagaba renta. El tiempo ruge- Pensó al instante. Sobre una planicie de ladrillo un espejo sucumbía atolondrado. Y duele- Repuso con tristeza. El año de sus veintitrés años había llegado con una opaca nube de imperfectos. Fallas de concepción en su factura que él daba por nimias un año atrás. Era demasiado enano y tenía huellas de angustia en el cuello y brazos. El acné había demolido la mitad de su piel facial y tenía la espalda chueca. No tenía hombros ni carisma. Sus pantorrillas eran demasiado delgadas y sus muslos demasiado flácidos. La boca era desproporcionada y las cejas no tenían un patrón lógico de conducta. Empezaba a perder visión, olfato y oído .Las coyunturas hacían ruidos estrepitosos al mínimo movimiento y los dientes perdían calcio sin tregua. Me fui a la mierda- Pensó afligido. Apagó la luz y se fue a la cama pensando en su ocaso social. No era bello ni tenía auto. Lloró un rato en silencio pero las lágrimas no eran ordenadas y hacían mucho ruido. Entonces dejo de llorar. Una neurona imprevistamente reclamó en un gélido pensamiento: ‘Parece que aún queda algo de corazón…’. Hubo un silencio y hubo un letargo amparado por parpadeos descoordinados. Sin embargo, algo todavía se movía en medio del pecho. Un leve e ininterrumpido bombeo de diáfanas respiraciones se sucedían en aquel cementerio. Eso si que es un defecto- Replicó. Y de repente, casi como una orden celestial, el monstruo cerró los ojos con fuerza y soñó que era el ser más hermoso del planeta. Por supuesto, en el sueño del monstruo no había espejos.
domingo
Octubre Negro
(Sensación arrabalera)
Hay trastornos ocultos en nuestras mentes. Trastornos que se delatan por la oquedad intensa de una mirada. El disloque apenas vago de una retina llena de imágenes ardientes pegadas en las paredes del ojo como recortes de periódico en el vientre del más absorto de los asesinos en serie. Crónicas amarillas de sangre y dolor. Sangre roja y espesa, dolor altamente consumible por las adictas vísceras del insaciable humano. Punto. Y, aparte. Hay deseos cargados de veneno en nuestras mentes. Deseos que viajan vertiginosos, vía intravenosa, por el cuello hasta llegar al más recóndito y férvido espacio del cerebro; venenos de rabia, ira y afanes faltos de lucidez que dejan entre ver, como el picaporte voyerista de una puerta de madera, la ráfaga de salvajismos que en nuestro inconsciente duermen. Y llueve, y hay nieve y olor a nicotina mezclada con alcohol y algo de tango. Esta noche soy la materialización de la furia hilvanada por el denso ocaso de un suicidio vecinal que me hace sentir más vulnerable que siempre. La muerte me toca con las yemas de su guadaña en cada respiro, desde hace más o menos un longevo y desértico año. Rompo la hegemonía de lo justo castigando a diestra y siniestra los oídos inocentes de los gatos de mi alcoba. Les canto lo que no se merecen, lo que merezco yo y hay llanto y cólera y silencios mezclados con nicotina y alcohol y algo de tango. Existe energía simétricamente rota por la quietud del tiempo y entonces la ciencia, geológica en su título, las llamas rocas o piedras y sin coherencia en los agravios somos atacados por una energía furiosa que viaja en el viento hasta rompernos la calma y hay un clic en el estallar y en el estallar hay una respuesta violenta y en la respuesta violenta hay pata, puños, sangre y en el peor de los casos hay piedra y palo y manes más gigantes y fuertes que uno que por ende le rompen la crisma y el ego a los foráneos románticos. Y hay puntos y apartes. Puntos en la boca de alguien y apartes en la vida de todos. Costillas rotas y moretones y labios rotos y desmayos injustificados y tomografías y huesos hinchados y al fin y al cabo hay risa y hay complicidad porque también hay olor a nicotina mezclada con alcohol y algo de tango. Si, algo de tango.
Hay trastornos ocultos en nuestras mentes. Trastornos que se delatan por la oquedad intensa de una mirada. El disloque apenas vago de una retina llena de imágenes ardientes pegadas en las paredes del ojo como recortes de periódico en el vientre del más absorto de los asesinos en serie. Crónicas amarillas de sangre y dolor. Sangre roja y espesa, dolor altamente consumible por las adictas vísceras del insaciable humano. Punto. Y, aparte. Hay deseos cargados de veneno en nuestras mentes. Deseos que viajan vertiginosos, vía intravenosa, por el cuello hasta llegar al más recóndito y férvido espacio del cerebro; venenos de rabia, ira y afanes faltos de lucidez que dejan entre ver, como el picaporte voyerista de una puerta de madera, la ráfaga de salvajismos que en nuestro inconsciente duermen. Y llueve, y hay nieve y olor a nicotina mezclada con alcohol y algo de tango. Esta noche soy la materialización de la furia hilvanada por el denso ocaso de un suicidio vecinal que me hace sentir más vulnerable que siempre. La muerte me toca con las yemas de su guadaña en cada respiro, desde hace más o menos un longevo y desértico año. Rompo la hegemonía de lo justo castigando a diestra y siniestra los oídos inocentes de los gatos de mi alcoba. Les canto lo que no se merecen, lo que merezco yo y hay llanto y cólera y silencios mezclados con nicotina y alcohol y algo de tango. Existe energía simétricamente rota por la quietud del tiempo y entonces la ciencia, geológica en su título, las llamas rocas o piedras y sin coherencia en los agravios somos atacados por una energía furiosa que viaja en el viento hasta rompernos la calma y hay un clic en el estallar y en el estallar hay una respuesta violenta y en la respuesta violenta hay pata, puños, sangre y en el peor de los casos hay piedra y palo y manes más gigantes y fuertes que uno que por ende le rompen la crisma y el ego a los foráneos románticos. Y hay puntos y apartes. Puntos en la boca de alguien y apartes en la vida de todos. Costillas rotas y moretones y labios rotos y desmayos injustificados y tomografías y huesos hinchados y al fin y al cabo hay risa y hay complicidad porque también hay olor a nicotina mezclada con alcohol y algo de tango. Si, algo de tango.
LA REINA LEONA
(Madre no hay sino una pero ¿por qué preciso me tocó a mí?)
Existe una mujer que sin saberlo ha sido la protagonista inamovible de mi vida. Ha sido galardonada con los mejores premios y en los mejores festivales de toda la galaxia y en especial de mi alma. La tengo puesta en lo alto de mi estantería de emociones, junto a lo que llamamos amor. Ella es todo lo que tengo en mi cabina de trofeos, es dorada y brilla con luz propia. Es el premio de la academia que jamás recibiré. Es el homenaje imposible. Nada en el mundo me funciona para explicarle lo mucho que me importa su humanidad. Su amor de madre que me es suficiente para soportar setenta holocaustos más. Su compañía de mujer que me arropa cuando hace viento y me moja cuando hay verano. Nada funciona para explicarle que sus palabras son calmas y energéticas al mismo tiempo. Que sus preocupaciones por mi bienestar y por mi vestir en actos formales son todo lo que concibo como cariño y estilo. Que mi ropa limpia sólo luce limpia cuando la lava ella y que jamás estaré tan complacido con otros desayunos. Sólo con los suyos. Con sus huevos rancheros, su chocolate espumoso y sus arepitas de queso. Que mis dolencias sólo se calman cuando es ella quien me cuida. Que ella es todo. Que es la compañía perfecta. Que aún cuando dormidos, me habla. Entre sueños. Como una radiola encendida en medio de la quieta noche. Inaudible, inentendible, pero perfecta, sincera, sonora. Hermosa. Como un atardecer en el llano. Rojizo, naranja. De aires perfectos, cálidos, ruidosos. En simétrico claroscuro: sol y tierra o luz y sombra o amor y fiereza. Dulce ella, como una luciérnaga cantando boleros en medio de una oscura noche de campo o una marmota que baila merengue en un elástico piso de madera rechinante. Así de dulce y esquiva con la tristeza. Sus parábolas de la vida son el tercer testamento de la biblia que jamás me obligó a leer. Creo en Dios pero creo más en ella. Ella es más real y fantástica. Se atora con el arroz y tose por las noches. Hace gimnasia nocturna mientras mira caprichosa sus novelas y pedalea y pedalea en su bicicleta estática para bajar alguna mal habida grasa. Y escucha el ruido tempestivo de un coloso tenor empujado por el viento errante de los diminutos pulmones de mi alegre hermana. Y sus oídos no saben de Charlie Parker ni de Miles Davis pero ella ríe y es feliz contagiando sueños y durmiendo los domingos después de un suculento ajiaco con crema de leche. Ella es así y no sé si nos conocemos desde que vivía dentro de ella o si fue desde que nos vimos por primera vez en el mundo, en todo caso, y fuese como fuese, estamos obligados a llevar la cara del otro impresa en nuestra propia cara. Pues yo me parezco a ella y ella se parece a mí. Pero ella es mejor porque es mi madre y me gusta su melena de reina leona. Ella ruge y cuida de sus dos cachorros leones. La nena del saxofón y el nene de la cámara. Es el ejemplo perfecto de la superación y de la lucha. Un emblema del laburo diario. La leona de zoológico que se hizo reina de la selva. ¡Bravo mujer! Y, lo mejor es que ambos somos muy lindos y nobles, y nos gusta dormir cuando una película es mala. Recuerdo una foto que me enseñó la abuela: era el cumpleaños quince de mamá y ella posaba distraída mirando un horizonte de luz tenue con un pelo largo y robusto, y un vestido rosa que se ubicaba estricto en su cuerpo de quinceañera para evocar por completo la imagen fiera de una virgen de pueblo con la mente esquiva al dolor y el amor intacto por la vida. Me pareció hermosa al instante. Parecía salida de un cuento de hadas y princesas. Y es que eso es para mí. Una princesa que vive cruzando la Cali. Una ninfa angelical que viaja en su Fiat siena color ceniza por una ciudad del mismo color. Una cenicienta a prueba de brujas y altercados. Y si la genética es perfecta en su ciencia entonces, al igual que ella, a mis cuarenta y tantos, seré el humano más hermoso del planeta. Pero ojo, no por los genes, sino porque soy su hijo y ella me ha enseñado todo lo que sé.
Existe una mujer que sin saberlo ha sido la protagonista inamovible de mi vida. Ha sido galardonada con los mejores premios y en los mejores festivales de toda la galaxia y en especial de mi alma. La tengo puesta en lo alto de mi estantería de emociones, junto a lo que llamamos amor. Ella es todo lo que tengo en mi cabina de trofeos, es dorada y brilla con luz propia. Es el premio de la academia que jamás recibiré. Es el homenaje imposible. Nada en el mundo me funciona para explicarle lo mucho que me importa su humanidad. Su amor de madre que me es suficiente para soportar setenta holocaustos más. Su compañía de mujer que me arropa cuando hace viento y me moja cuando hay verano. Nada funciona para explicarle que sus palabras son calmas y energéticas al mismo tiempo. Que sus preocupaciones por mi bienestar y por mi vestir en actos formales son todo lo que concibo como cariño y estilo. Que mi ropa limpia sólo luce limpia cuando la lava ella y que jamás estaré tan complacido con otros desayunos. Sólo con los suyos. Con sus huevos rancheros, su chocolate espumoso y sus arepitas de queso. Que mis dolencias sólo se calman cuando es ella quien me cuida. Que ella es todo. Que es la compañía perfecta. Que aún cuando dormidos, me habla. Entre sueños. Como una radiola encendida en medio de la quieta noche. Inaudible, inentendible, pero perfecta, sincera, sonora. Hermosa. Como un atardecer en el llano. Rojizo, naranja. De aires perfectos, cálidos, ruidosos. En simétrico claroscuro: sol y tierra o luz y sombra o amor y fiereza. Dulce ella, como una luciérnaga cantando boleros en medio de una oscura noche de campo o una marmota que baila merengue en un elástico piso de madera rechinante. Así de dulce y esquiva con la tristeza. Sus parábolas de la vida son el tercer testamento de la biblia que jamás me obligó a leer. Creo en Dios pero creo más en ella. Ella es más real y fantástica. Se atora con el arroz y tose por las noches. Hace gimnasia nocturna mientras mira caprichosa sus novelas y pedalea y pedalea en su bicicleta estática para bajar alguna mal habida grasa. Y escucha el ruido tempestivo de un coloso tenor empujado por el viento errante de los diminutos pulmones de mi alegre hermana. Y sus oídos no saben de Charlie Parker ni de Miles Davis pero ella ríe y es feliz contagiando sueños y durmiendo los domingos después de un suculento ajiaco con crema de leche. Ella es así y no sé si nos conocemos desde que vivía dentro de ella o si fue desde que nos vimos por primera vez en el mundo, en todo caso, y fuese como fuese, estamos obligados a llevar la cara del otro impresa en nuestra propia cara. Pues yo me parezco a ella y ella se parece a mí. Pero ella es mejor porque es mi madre y me gusta su melena de reina leona. Ella ruge y cuida de sus dos cachorros leones. La nena del saxofón y el nene de la cámara. Es el ejemplo perfecto de la superación y de la lucha. Un emblema del laburo diario. La leona de zoológico que se hizo reina de la selva. ¡Bravo mujer! Y, lo mejor es que ambos somos muy lindos y nobles, y nos gusta dormir cuando una película es mala. Recuerdo una foto que me enseñó la abuela: era el cumpleaños quince de mamá y ella posaba distraída mirando un horizonte de luz tenue con un pelo largo y robusto, y un vestido rosa que se ubicaba estricto en su cuerpo de quinceañera para evocar por completo la imagen fiera de una virgen de pueblo con la mente esquiva al dolor y el amor intacto por la vida. Me pareció hermosa al instante. Parecía salida de un cuento de hadas y princesas. Y es que eso es para mí. Una princesa que vive cruzando la Cali. Una ninfa angelical que viaja en su Fiat siena color ceniza por una ciudad del mismo color. Una cenicienta a prueba de brujas y altercados. Y si la genética es perfecta en su ciencia entonces, al igual que ella, a mis cuarenta y tantos, seré el humano más hermoso del planeta. Pero ojo, no por los genes, sino porque soy su hijo y ella me ha enseñado todo lo que sé.
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