jueves

LA DIAPASÓN DESECHABLE

Entré a una sala blanca que olía a jabón y cartón en intervalos temporales. El doctor me hace sentar y sacarme la ropa. Pensé en que mis vaqueros necesitaban ser remendados y que mi camisa tenía un leve olor a cigarrillo. Una enfermera se ubica casi imperceptible en un rincón. Anotaba cosas en una máquina. Había pisado mierda de perro unas cuadras atrás y entonces me detuve a pensar un rato en toda la mierda de perro que yace intacta en las autopistas del universo. Perros intergalácticos cagando allí y allá y amos inquebrantables que lanzan peloticas rojas llenas de saliva. Vuelvo al planeta tierra y estoy desnudo frente a dos alienígenas. El doctor me echa un buen vistazo. Me revisa el culo unas seis veces y su reacción no es precisamente agradable. Temí grandes enfermedades terminales y días de dolor cervical. Nada nuevo. “Me ha estado molestando el intestino, no puedo precisar cuál de los dos es pero uno de ellos ha estado fastidiándome”. La enfermera se echa a reír y luego canturrea una canción de los setenta. El doctor parece no encontrarle la gracia y me hunde el apéndice con sus heladas manos peludas. “´Ése es” digo pero parece que nadie me ha escuchado. Nada nuevo. Tal vez es que hablo muy bajo o que mi tono es imperceptible para sus orejas igualmente peludas. La enfermera le echa un vistazo a mi paquete y su rostro es lamentable. Pienso en todos los rostros lamentables que he visto. El mío encabeza la lista. Un ruido sale de la garganta del doctor y su mano peluda arremete ferozmente contra mi pecho. Algo allí se mueve y siento vértigo. El doctor pone allí su estetoscopio y ríe a carcajadas, llama a la enfermera y ella también ríe. Yo no río. Yo no lloro. Yo sigo igual. Intacto. El doctor vuelve a su escritorio y revisa sus apuntes. “Es algo serio” dice. Me entrega una hoja de diagnóstico. Hace frío y apenas puedo verme el pin. “¿Puedo ponerme la ropa?”. Mientras me pongo los vaqueros pienso en que sus rotos andan bien y la camisa tiene a la larga un olor muy mío. Leo atentamente la hoja y estoy de acuerdo. Pienso en los perros de otro mundo, en sus cagadas. Cierro la puerta y el olor a jabón y cartón desaparece. Me invaden la oquedad y el pánico. El estado anímico de la sala de espera es deplorable. Una anciana me sonríe a lo lejos pero debe ser por efecto de la morfina. Está conectada a la tubería del hospital ó a la de la ciudad entera. Nunca se sabe. Pienso en una vieja amiga de infancia que murió en un accidente de coche el mes pasado, pienso estúpidamente en sus intrigantes ojos pesados. En sus curvas llenas de lata y sangre. Invito a una copa a la anciana y abandono el lugar dejando unas hermosas huellas de mierdita.

HOSPITAL GENERAL DE Ms. As.
Paciente: GARCÍA, Sócrates
Edad: 22
Doctor: Sujeto de manos frías y peludas.

DIAGNÓSTICO:
El paciente no termina lo que empieza. Es mediocre en todas las actividades que emprende. Es terco anímicamente hablando. Presenta fallas de concepción en la realidad. Sufre ataques de imaginación seguidos por largos espasmos de silencio y quietud. Presenta avanzada infección del carácter. Es impulsivo cuando opina y su capacidad de mentir es crónica. Es altamente influenciable y presenta ridiculez, pesimismo y frustración en todas sus relaciones sociales. Presenta un tumor artístico en algún lugar del duodeno. Sufre de hiper-soledad avanzada y se precisa la extirpación de testosterona URGENTEMENTE. Además de transfusión de euforia y felicidad en dosis alarmantes. Un corte de cabello y una buena chica serían más que suficientes.

RECETARIO:

-Cerveza en ayunas. Todos los días por unos doce años más.
-Pase de coca cada seis horas.
-Sexo animal. Cuatro veces al día.
-Compañía ilimitada de amistades. Presencial y no presencial. (No exceder su consumo)
-Play Station 3. Dos jugadas al día.
-Farra. Día de por medio.
-Viajes. Dos veces al mes.

Además de ello, el paciente precisa atención, amor y cariño por parte de todo el mundo.
Bajo la tutela de él mismo, el paciente acepta someterse a cualquier tipo de tratamiento y/o terapia que le ayuden a hacer algo en la vida.

La Cáscara

Eso somos. Un equilibrio roto. Un cáncer de alma. Una línea oblicua. Una teja que deja pasar agua, tiempo y rayos de abrupto sol. Eso fuiste. Una carretera de accidente. Una luna menguante. Un iceberg hunde-cosas. Un turrón de azúcar. Eso eres. Una persiana entreabierta. Una puerta a medio cerrar. Un atardecer de oriente. Un arcoíris de cuero. Una fruta que se niega a ser abierta. Un vegetal en tetra pack. Un girasol enlatado. Hurra. Esto soy. La represión. La mórbida y fatua represión. Y, duele. Reconozco ese ardor. Tengo un doctorado en ardores y represiones. Un máster en olvidos y heridas emocionales con énfasis en llanto ocasional. Sé de estas cosas. Existe un manual. Una guía actualizada. Jamás seré. No quiero ir tan lejos. Acá está bien y nadie lo sabe. Pocos lo entenderían. Sólo tú. Ajá. Sí. Sólo tú. Gracias por eso. Ahora huye lejos, lejos para no volver. Acá sólo hay lugar para uno como yo. Conmigo basta. Lo lamento. Mejor suerte en tu próxima reencarnación. Saludos de mi parte. Abrazos por allá. Escríbeme canciones de incoloro ritmo y consíguete un coño violeta. Idiota de mierda. Inquilinos nimios y foráneos. ¿Tú? Menuda payasada. Algunos confunden vagancia con la necesidad extrema de hacer “algo”. No te necesito. ¿Plural? Responde tus llamaditas hijo de mil putas. Y, luego eructa incoherencias cerebrales. ¿En la cena? Come tu comidita saludable. Metete el dedito en la llaguita. Sangrecita burguesita. Globulitos proletarios. Melenitas comunistas. Chiritos capitalistas. Y, dátelas de superhombre. Lee mucho y quítate las caries. Madrugar al mediodía. Y, sentir frío. Más nada sentir, bufanda de arrecheras. No le tengo miedo al sueño. Elefantes de Saturno. Gritos de almohada. Susurros de sábana mugrienta. Colchones de espuma y densas hendiduras. Dislocación de la médula espinal y rugen costillas de cristal. Madurez de aluminio desechable. Hierbita sabatina. Risita maliciosa y huevona. Descuadre espacial. Comilona de texturas. Pobre mariquita. Barba infértil. Baldíos terrenos de mejilla y cumbamba. Vendo y permuto. Comparemos. Parcas mentes juveniles. Y, dizque criticando. Zapatero a tus zapatos. Pecueca flácida y festiva. Leche de botella. Huevitos alemanes. Salchichones dizque daneses y chucha bien criolla. El que le gane a despertarse. A ser más tosco. Más imbécil. Más huraño. Perdí ó gané, la verdad es que ya no recuerdo. Pero eso somos. Los perdedores o ganadores de algo que se nos escapa. Que va más allá. Que nos consume y tiene garras. Nada fui. Nada seré. Mañana en la mañana habrá un nuevo carpintero. Un nuevo funeral. Un nuevo Dios y quizás un día menos cabrón. Por eso vuelvo y le digo señora, que sí, que reconozco ese ardor, que puedo manejarlo. Ahora, suelte esa pistola, bájese la falda y dígame en qué puedo ayudarla.

LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ

I
Crecí en dos lugares distintos a la vez, uno de ellos era un barrio en la periferia Bogotana y el otro lugar, un poco menos denso y cruel que el primero, era mi cabeza; solía pasar tardes enteras divagando en las atiborradas autopistas de mi mente: pensaba en qué se sentía al acariciar una vagina o que se sentía tener pelos en el pubis y de golpe pasaba a imaginar qué sería de mi vida treinta años después para luego pensar en el próximo episodio de Dragon Ball Z y finalmente regresar a lo primero: las vaginas. Igual, diez años más tarde, heme aquí, lejos de aquel barrio de infancia, lejos de aquella ciudad de infancia y lejísimos de aquel país de vida; empero, vivo en dos lugares distintos a la vez, uno de ellos es un barrio en la periferia Bonaerense y el otro lugar, un poco más frío y misterioso que el primero, es en el país de la duda; suelo pasar noches enteras preguntándome por qué mierdas adoro tanto acariciar vaginas.

II
¡Hola! Vivo en el piso siete de un edificio de jubilados. Lo más nuevo acá es el ascensor que se descompuso la semana pasada. El conserje es un tipo simpático que siempre me saluda con una palabra distinta cada tarde: maestro, amigo, chabón, pibe, son las únicas que recuerdo. En la alcoba contigua viven un estridente sujeto con mirada precisa que trabaja en un call center y un comunista lector que busca empleo empedernidamente. Mi compañero de cuarto es un distraído cajero de supermercado que usa ropa pequeña. La cocina es un amplio monasterio de mugre que nos negamos a limpiar y el baño es un estrecho mundo de pelos. El balcón está siempre lleno de agua y cenizas y en la sala hay un tapete persa atestado de moronas. Al escueto comedor le faltan dos patas pero creo que arreglamos aquello con los volúmenes de antología de Los Miserables de Víctor Hugo. Valga el símil. En las mañanas compartimos silencio con café y una que otra tostada. En las noches en cambio, somos miembros de un parco cine-club que hemos creado con el único fin de sopesar nuestras espantosas realidades. En la minúscula pantalla de un pc portátil divisamos la majestuosidad del séptimo arte y siempre que culmina una cinta solemos hacer tres minutos de silencio, fumamos un cigarro y nos vamos, sin decir ni una sola palabra, a nuestras respectivas camas. Es así desde que tengo memoria. Desde que vimos El Inquilino de Polanski, decidimos dejar cerradas las ventanas, luego con el asunto Hitchcock quitamos la cortina del baño y con el tema Bergman dejamos de jugar ajedrez. El punto es que se avecina un ciclo de Pasolini y me gustaría nena hermosa que por esos días vengas a visitarnos ¿puede ser?

miércoles

"Sayonara" para "Siempre"


"El Universo, nena, es demasiaso pequeño para los dos..."

Ella me dijo que todo comenzaba como ahora: una ceniza en el asfalto y un avión a miles de pies de altura. Ese era el secreto y jamás logré entender su estrecha mente de tonta hermosa. De hermosa que se largó con las migajas almas de un sediento e insípido muñeco de aserrín. O sea yo y o sea mi alma. La nada misma puede ser representada por un escueto sujeto que fuma en la lejanía del Ezeiza. El todo mismo, en contraparte y por desgracia, puede ser representado por una nipona que regresa a su país de origen, que perdóneme el shogun, significa decadencia hecha república. Pura y física decadencia que ni el famoso origami, por el que perdí no sólo cinco sino seis polvos suyos, puede ayudarme a sobrellevar. Ella me enseñaba a hacer ovejitas y constelaciones de papel y yo le enseñaba que debía abrir más la boca si quería no lastimarme mientras vivíamos el sexo oral. Total, su boca de nipona jamás aprendió de mis genitales y yo, en cambio, tengo una flota de portaviones en el bolsillo. Nada más didáctico y pedagógico para mis adentros, sin percatarme de la lógica ambigua que rige el universo, aprendí a romper la hegemonía de todo aquello que me lastima y me es necesario, útil, efímero y fantástico. Como por ejemplo ella que me dijo que su nombre traducía miles de cosas que en absoluto recordaré porque en casa no me líe jamás con los Kanji. Mamá no me enseñó de hiraganas y katakanas. En cambio ella, pronunciaba con total exactitud hasta las silentes letras de mi nombre y le añadía endiablada y tiernamente el sufijo –kun, que provocaba en mí unas ganas tremendas de apuñalarme por la espalda y darme muerte por ser tan vil y cobarde con el amor ingenuo de una idiota que no logró ver la calaña de pendejo que tenía metido en su sexo. Ella me dijo “sayonara” ó eso entendí. Me dijo “sayonara para siempre” y creí que era un juego. Creí, como siempre, que nada podría derrumbar mi ególatra y abstracta confianza que se ubica alta con respecto a lo que me resulta tonto y mísero. Cuánta miseria en mi propio ser. Cuánta mentira en mis estúpidas verdades. Nada de nada. El tonto era yo que juraba ser intocable. Pero la impalpable ahora era ella. Ella estaba lejos y su lejanía era proporcional y equivalente a un clavo caliente que atraviesa el meato urinario. Y hablo de un lejos con millas náuticas de distancia. Un lejos intermitente porque con cada carta suya hay un tibio aroma que rodea lo más inhumano de mí. Mi alma por supuesto. El rincón más sucio de mi divina providencia. Por más que apuñale mis recuerdos no logro olvidar su rostro de rasgadas galaxias y de orientales proporciones. Su pelo de delgada oscuridad y su sonrisa de sol naciente. Nada más rítmico que una desgarrada oración ó que un onceavo mandamiento lleno de devotos rencores. Y rezo y rezo para que esto sea pasajero, para que esto sea sólo un sueño o para que todo sea una pesadilla de tierra caliente. Miranda ese fantasma que sólo no lo es dice una progresión de Bixler-Zabala. Pero eso no es suficiente. Mi corazón sigue atascado en una garganta sin amígdalas. Me siento como ése fantasma pero sin la muerte soy incapaz de serlo. Tranquilo grita mi hígado. Fantasmas seremos todos y yo seré el primero. El próximo en turno. ¿Se romperá el límite que carcomen termitas y orugas? ¡PUM! Un disparo en Rivadavia. ¿Se habrá acabado el problema de las monedas? Ya no podré contártelo nena hermosa. Ya no podré saberlo empero de todo. Sólo puedo recordar algo mientras otro “algo”, filoso, se hunde en mi vientre. Nena aprendí del Harakiri. Soy el octavo samurái. El enemigo incipiente. Mientras la sangre se riega por el balcón, sufro un símil sideral. No es mi sangre sino la tuya. La virginal sangre que dejaste en ese hotel de Lavalle. ¿La recuerdas? Yo trapeaba desnudo y erecto mientras tú llorabas ingenua. Tranquila te dije y la hundí seis píes del altura. Ahora sólo me queda eso. Seré un fantasma de recuerdo y medio. Eso no alcanza pero es suficiente para entender cada una de las letras de tu nombre. ¿Por qué te vas? Te dije cuando tu avión despegaba. Anoche era día en Tokio. Si la naturaleza ilógica funciona bajo esa lógica, mañana seré infierno y tú, en tu lejanía, serás un paraíso roto. Un paraíso roto por la luz del tiempo y las heladas nieves del monte Fuji. Sayonara amor mío. Sayonara para siempre. Soy un fantasma gris búho y quisiera decirle a la policía que hay un cadáver en mi balcón.

Bares & Fondas

Un misil en tu placard

A simple vista debo parecer un borracho cualquiera que atesta bares y pubs; nada más cruel y sincero para mis intenciones. Lo que realmente deseo es que el mundo deje de ser un antro de miedos y que me resulte fácil, aunque sea por una vez, decirte que eres la cosa más bella que jamás imaginé; la verdad no sé si escribir en porteño o en un castellano radical; pasa que no soy de esta ciudad, ni de este país, y muy seguramente tampoco soy de este planeta. Mucho me temo que provengo de otra galaxia, del planeta Melmak de dónde también es ALF, ¿Te acuerdas de ALF? Vale pues somos del mismo planeta y no es que tenga obsesión por los gatos ni que tenga el cuerpo lleno de felpa, lo que pasa es que no quiero problemas, lo único que quiero, nena hermosa, es saber cuánto mide tu alma y de paso, saber a qué horas comienza tu happy hour?...

martes

Crónicas de un Pelotudo

De lo ruin, lo ilógico y ah si,… el recuerdo.

I
A 4° bajó el sábado. Ahora si es otoño a pleno “Che” dicen en la tele. El clima no le hace reverencia al nombre de la ciudad. Los aires malos la verdad, de buenos poco la verdad, de fríos todo la verdad. Esto, socio, es una suerte de París sudamericana y la conglomeración de extranjeros la hace una metrópoli, al igual que su pasado cultural y político pero sabe qué, dejémonos de huevonadas, Bogotá no tiene nada que envidiarle a ninguna ciudad del mundo. Extraño un montón esa espesa atmósfera de humo y el grisáceo perfecto del asfalto de las atestadas avenidas de caóticos y decadente buses en eternas horas de tráfico incesante y atiborrados pensamientos que nos conducen al zénit de la ilógica conducta y al ortodoxo desorden que deja tras de sí el sabor apenas universal de una manzana de hielo o de un puñal sin afilar, sucio y con la seca sangre de un fulano anterior. Es una inseguridad perfecta, metódica en su génesis. Bendita la hora en que el éxodo, paradójicamente español, decidió construir un pueblo en medio de las montañas; sólo a los putitos se les pudo haber ocurrido. Indios maricas, pobres indios maricas angustiados por su tierra de verde intacto; maldición de mediodía que arropa a toda la puerca procedencia. Mestizo es el gentilicio de mi continente; hijueputas españoles arrechos, culiarse a una india por desparche y más tarde sacar oro de la laguna, menuda vida de reo. Pablito clavó un clavito. Más del Hércules de tercera que del Barça o del Madrid, y, esperar que no se lo dejen hundir por un equipo inglés. España, culo del mundo, y, nosotros, hijos de ése culo. Una suerte de pedo es lo que somos, pero, un pedo influido por el hedor de los herederos directos de la estirpe británica. Pobre gringos malparidos. Y, uno deseando haber nacido centroeuropeo, poder decir, Víctor Hugo nació en mi país. Ó, Godard nació en ese hospital y señalar con el dedo el edificio de la otra esquina. Pero, obvio no. Europeos de mierdita. Persianitas de madera, balconcitos de rejitas, monoambientes mariquitas. Calefacción para el invierno y ventiladores para el verano. Saquitos de lana para el otoño y en primavera estar pendiente: gafas de sol o un paraguas. Injusticia, peleemos, defiéndete pelotudo, únete a mi sindicato y gana un bono de descuento en la peluquería. Hoy no trabajemos que hay manifestación. Mañana durante el laburo, tomémonos un matecito mientras la fila no avanza. Me sirve el 92 pero no sé dónde para, monedas de mierda, país sin moneditas, Kioskos de mierda, caramelos para completar el peso porque no hay cambio, o juguitos “tang” que son baraticos. Cuatro juguitos, cinco juguitos, jueputas juguitos. Callecitas francesas, cafetines franceses, apelliditos europeos. Boluditos todos. Mamasitas todas, perras coquetas todas, creídas todas, indiferentes todas, estéticamente ricas todas, que culos tan ásperos, qué caras tan lindas, que ojos tan verdes y tan azules y tan grises y tan rojizos. Hijas todas de linaje europeo, todas altas, todas rubias, todas carne, todas hueso, todas con los dientes chuecos y el hombre incorrecto, todas frías y eyaculadoras precoces, todas esperando que un boludo les cante la tabla del cinco. Amor, no nací ayer. Mala ciudad para el amor y para el chocolatico con almojábana. Una sueca se besa con un peruano y una danesa le lame la oreja a un boliviano; en qué momento perdí mi gen indígena, mi espesa malicia de campesino. Que verraquera de país el suyo huevón que tiene verde, coca y agua. Dos agüitas malparido, pa’ que vea huevón. Recemos para que no se nos salga el demonio interior, y es que miedo si daría, imagínese usted flaco, no comerle a un hijueputa colombiano, hijo de un delincuente y de una india, criado en el campo, entre bala y sangre, y vividor de montaña entre frío y guaro. Coma mierda marica, que gente tan brava a lo bien, y, uno, bien chistoso, lejos de toda esa feria de payasadas necesarias, dizque escuchando los Beatles y cortándose el pelo con tijeritas desechables, trasquilándose la mente y viendo películas bravas y leyendo libros bravos, y extrañando flaco, extrañando no sé qué pero extrañando.

II
Todo habría sido más sencillo de no ser por mi afán de cambiar de aires. Ahora es cuando se me pasa por el esófago una insoportable sensación a desgano, a te lo dije o a qué marica para qué lo hice… algo así, no sé; total, tengo la misma impresión de frustre desde hace dos meses y algo. No suelo destruirme a la primera, es más, ni a la última, pero en este caso me resultó ser una cuestión de ego y de guerra unilateral de emociones. Sé que no hay remedio y desearía haber cedido siquiera un ápice a los alardes de mucha gente que tenía, por escasa que fuera, experiencia terrenal. Total, nada. Lo otro que me cabrea en aumento es haber dejado tantas cosas sin resolver, o lo que es peor, cosas que se resuelven en mi ausencia. Eso duele el doble. No sé qué clase de hijueputa deja a sus compinches de vacío en ese estado: uno a por casarse, lleno de dudas y de desdichas pseudo-convencionales; el otro en trance o terapia medico-emocional, llámenle coma o rehabilitación, sinceramente lo que me arde es que no estoy allí para limpiarle las babas, para aplicarle las gotas de los ojos o para tomarle las manos y estimularle las extremidades en aras de que no se atrofie el músculo; ja ja, me río porque no he aprendido a ser buen llorón o como me enseñaron: los hombre no lloran pero créeme dios del cielo que cuánto más te conozco más pienso en lo cruel que nos resulta lo que llaman vivir; el último de los compinches se queda solo, en una suerte de limbo, no es tierra, no es cielo, no es infierno ni una playa de marte, es sólo eso, una nada errática y sin agua, le dejo en el más solitario de los desiertos de la rutina y ruego que lo amparen un par de películas y la literatura maldita que tantas noches nos desveló. Auguro suerte para todos, propongo lo que para mi serían los mejores deseos, pero ése soy yo y puedo estar mal, de hecho, no me cabe duda de que estoy mal. Lo ambiguamente cierto es que no he cambiado de aires, mis heridas siguen allí y yo sigo allí, junto a ellos, sintiendo el perfecto y simétrico caos de la patria y de sus amarguras. Mamá, esa leona de férreos sentimientos para conmigo llora en silencio sin que nadie sepa que sus lágrimas son lo más certero y sincero que jamás existió en el planeta; y lloro con ella pero también en silencio porque como ya dije los hombres no lloran y si lo hacemos, no queremos que se nos corra la pestañina del alma; total, lloro junto a su humanidad, si, a distancia, desde acá, a deshoras, con desfase horario pero lloro con ella. Que no me salgan lágrimas es otra cosa, pero creo que eso se debe al nivel de deshidratación en el que me encuentro, en esta ciudad el verano se pone difícil y 40° deshidratan a cualquiera. En las noches todo funciona inversamente proporcional. Las almas de las locales son tanto gélidas cómo pilas que llevan meses en el congelador, lo único caliente en ellas es la entrepierna y ojalá un poquito de su culo pero eso es todo; si yo tuviese la capacidad de ver más allá del coño, sería el rey del universo, mi mente iría tan lejos y tan ligera de complejos que mi cerebro funcionaría al cien por cien, y creo que eso aplica para cualquier hombre que fuese capaz de ver más allá de un hermoso biscocho femenino, porque nuestra incapacidad humana de evolución emocional radica en la superficialidad de nuestras almas y está bien, lo admito, me enamoro cada dos cuadras porque obvio, la belleza es un mal abstracto y efímero que atrofia todo tipo de naturaleza y por desgracia no estoy exento a ese mal. Aunque bueno, convengamos que como mal, es el más placentero de los delirios. Total, por su ego injustificado y su desprecio por mi raza, jamás sabrán que se pierden al único hombre capaz de poner algo de alma en sus cuerpos. Eso me pone mejor, porque papá antes de partir me advirtió de ser un tipo serio y lógico en mis cosas, y aunque el concepto de lógica y de seriedad sea algo subjetivo logro comprender el significado que papá le da porque obvio, sus lágrimas explican el resto. Empero, lo que papá no sabe es que su vida entera me es lo que a Picasso un esbozo del Guernica. Así. El paisaje turístico depende del monto del bolsillo por lo que les aclararé de entrada que apenas logré conocer el barrio vecino. Sin un centavo y con la crisis del dólar mis gastos apenas lógicos no me permiten conocer el mar o la nieve, total, mi imaginación vertiginosa me ha llevado a Júpiter en tiquete ida y regreso, con todo pago y hospedaje en hotel de veintitrés estrellas; y sé que prometí enviar fotos y postales a todos mis allegados pero lo que hay que ver pueden verlo en la internet o en por la fox; en cuánto a mi, sigo siendo el mismo escueto y parco sujeto de pelo chiroso y acné cosa seria que se marchó de casa con poco más de miles de sueños y que ha ido destruyendo a sus anchas esos mismos sueños. Si me preguntas en una entrevista de televisión abierta, te diré que sí, que he aprendido algo: he aprendido cuán efímero es todo en la vida, era algo que charlaba con mi compañero de vacío en algún momento de nuestras vidas: hablábamos de que todo en la vida tiene un coste y una duración, y que mientras más hermoso, más barato y más efímero; hay zapatos que te duran más que un amigo y asimismo existen sensaciones y momentos que duran más que una profecía bíblica. Por ejemplo, la voz de mamá a la distancia se queda suspendida en el etéreo aire por cien vidas más, aún cuando cuelgo a una de sus llamadas, siento como cada una de sus palabras viaja por la estrecha alcoba recordándome que siempre hay algo hermoso por lo cuál regresar a casa, es una sensación que no logro explicar, supongo que lo mismo debe sentir un búmeran en su punto cero del vuelo. Total, el ruidoso y profundo clarinete de mi hermana inunda el silencio bestial del momento y sospecho que ya debe ser una mujer llena de ocupaciones dignas de su juventud, deseo regañarla por llegar tarde, por tener un novio idiota o por no hacer caso; deseo pelearle por ser tan hábil para la vida pero mis palabras no van tan allá, se quedan acá conmigo, en medio del calor y las incertidumbres, es entonces cuando reviso mi equipaje y encuentro un par de fotografías, ella y yo aparecemos. Salimos calmos y hermosos: ella realza su boca y la encrespa como un pato, tiene tres años y sonríe a la cámara; yo en cambio tengo la misma actitud, un poco parco, un poco lejos, como si mi mente ya estuviera pensando en abandonarles; la abrazo y sostengo el aire. ¡Clic!. Papá y mamá nos suben al auto y regresamos a casa: no tengo otra idea de lo que es la felicidad. Unos trece años después, en la lejanía, justo donde el contacto es imposible, las lágrimas invaden mis ojos, el sueño me abate lentamente y comprendo cuan idiota he sido al irme sin decirles que son todo lo que tengo en el universo.

Para mamá, papá y… ah si, la niña aquella del clarinete… ¿cómo es que se llama?...

viernes

Postino Moderfocker

Carta Número 23:

Bogotá, Miércoles casi Jueves de un mes incierto y de un año incierto.



Querida nena hermosa,
Ciudad.
E.T.C.


La presente, es una lágrima de mofeta que no sabe cuán insignificante es su presencia en el mundo. Soy apenas alguien que pretende disipar de tu mente lo vulgar y en su reverso inocular lo fantástico: "Cuando das más de lo que recibes arriesgas el pellejo y luego no debes llamarte a engaños"; no es una frase épica de amor ni el nuevo slogan de una propaganda de margarina, es el filo de un cuchillo que atraviesa mis costillas y mi mente. Caminar y correr son acciones humanas de la misma índole y no soy nadie para decirte que tienes tus agujetas sueltas. Sólo el más profundo de los pozos puede entenderme y no es para menos. Lo mío es un adiós de silencio y vértigo, como el ronquido de una mariposa o como el sexo entre libélulas. Así. El mundo es un lugar desértico de emociones cuando se le observa detenidamente y he perdido astucia al momento de planchar mis camisas. Observando desde mi balcón en Júpiter, puedo apreciar la soledad apenas trágica con la que la raza humana duerme cada noche. Y hace frío sabes. El amor es sólo un defecto que los años corrigen. Amar y confiar son pasiones humanas de la misma índole y no soy nadie para decirte en qué planeta debes vivir. Sólo soy un demonio que te vio vestida de ángel, pero sabes nena bella, los ángeles no se llevan con los demonios, los ángeles son ángeles y juegan con ángeles; quise convertirte en el más macabro leviatán pero eres demasiado ángel, tu lugar es el cielo y mi lugar en el mundo es un rincón incoloro que huele a cerveza y sabe a homicidio. Lo siento muñeca, dejé que el arroz se quemara. Un austero y discreto aroma a conciencia rompió nuestro pacto. Sólo el más rosado de los delfines puede entenderme y no es para menos. Soy un sujeto en vía de extinción y las ráfagas verde menta me destrozan. Decir adiós y decir hola son escapes humanos de la misma índole y no soy nadie para decirte hasta pronto. Sólo el más implacable final de canción puede entenderme. Soy el punto final de una frase. De ésta frase. La que de seguro leerás cuando ya mi mente esté lejos de la tuya.


Éxitos con la venta de tu cuerpo y el resto de tu estúpida e inútil humanidad.

Un abrazo corto de amistad.

Adiós,
Obscenamente tuyo, Eric.