1
Su figura bloquea mis pensamientos. Los que venían
memorizados con ardor y carácter. Sus palabras salen como misiles y hieren mi
destartalada estructura, su mirada está fría y llena de decisión. Se las apaña
para dejar el futuro en mis manos. El pecho se me hunde, se me acaba la saliva
y por más que me bajo la copa a fondo blanco, no me surgen palabras. Es la
tercera vez que las cosas se ponen así en una relación de poco más de dos años.
Me cuestiono insistentemente si todo ha sido mi culpa o ha sido de ella. Nada.
No tengo respuesta pero la balanza se inclina a su favor. Las cosas han
cambiado desde que la conocí, antes me creía una rara especie de hombre, de
esos que ya no existen, me amaba y su amor me llegaba full y directo, pero
ahora considera que estos dos años han sido el hundimiento de su titanic. Me lo pienso y lentamente me
siento como un estúpido iceberg en el medio de la nada.
2
Su mente es ágil y con el tiempo ha ido conociendo
mis debilidades. Sabe qué voy a responder y sabe cómo contraatacar. Me siento
como un tierno borrego en manos de un hambriento lobo. Me devora y el corazón
se me arruga. Engulle mi alma y la escupe por pedazos. Hace unos meses no era tan fría y salvaje, le
replico pero me recuerda que todo es mi culpa. Me lo pienso y aún me siento un
estúpido iceberg. Procuro llenarme de coraje y dignidad, pienso en exigir mi
lugar, en no dar más de lo necesario, en recuperar mi elegancia pero es tarde.
Todo se ha ido. Le pregunto por su futuro y reconozco en sus palabras paz y
felicidad, leo en su mirada que no me va a extrañar. Los últimos giros de su
vida han sido positivos: dejó de fumar, adelgazó varios kilos y ahora tiene el
trabajo soñado. Ha recobrado la autoestima y el brillo en sus ojos me
enceguece. Admito que es la mejor persona de los dos. Recrimina el tiempo perdido
conmigo, los desplantes, el incumplimiento y las promesas fallidas, pone en
contexto que otro podría hacerlo
mejor, que un hombre como yo no le sirve y que puede que yo sea lo único
negativo que le falta por cambiar en su vida. Su decisión me asusta, me come
vivo. Me observa como un bicho flácido que esgrime lástima y que sostiene a
dura pena una copa vacía de vino. Leo en su mirada que le da igual que me quede
o me vaya, mi presencia en su vida ya no representa nada. Leo en su postura que
ya no cree en mí, que ya no espera nada. Mis errores la han curtido de
escepticismo. Su mente me recorre imposible del cambio que exige. Lo sabía
desde siempre y sólo esperaba mi momento de aterrizaje. Pero aún así no me
echa, me deja a la deriva con mis obtusas ideas del amor y una flotante,
ambigua y pequeña llama de esperanza. Le pido una pista que esclarezca el panorama
y dice que no la sabe, y sé que aunque la supiera no me la daría. Braceo en las
oscuras aguas de la incertidumbre, ¿creo yo en mí? ¿Es suficiente? Trago
entero. Descubro que tiene una cita con ese otro
en un par de horas. El otro parece
perfecto, un guapetón con dinero y sin caries, además gusta a su familia y
amigas. ¿Qué tengo yo a favor? No creo haberla hecho feliz pero sí más
inteligente ¿suficiente? Las sienes me palpitan como tambores africanos
mientras descubro con incipiente angustia que su desamor es sólo la punta del
iceberg.
3
Ella entra al lugar e ilumina el ambiente. Siempre
ha sido vistosa y llamativa, no sólo por el fuerte tono de su voz sino por su
apariencia. Es grande, de muslos redondos y firmes. Tiene la boca encrespada,
los ojos oscuros, redondos, expresivos. Su nariz se afila en la punta, la ceja
izquierda le comienza en remolino y el pelo, de un marrón mixto, le bordea la
cintura. Su pecho, al aire, deja ver un tatuaje que le surca de un lado a otro.
Reconozco el aleteo de unas mariposas en cuyo rastro se escriben las palabras love y music. Al instante me fijo en ella, parezco recordarla de algún
lado pero no atino el dónde. Se sienta a mi lado y se incorpora en la charla,
pide una cerveza fría y comenta alguna nimiedad con sus amigas. Yo me integro
progresivamente pero la evito los primeros minutos. Procuro descubrir de dónde
se me hace familiar pero no lo consigo, simulo darme respuesta argumentando que
debe ser amiga de algún amigo y resuelvo el problema. Detengo a la camarera y
le pido también una cerveza fría. Ella me observa y mi mundo se ilumina. Compartimos
el silencio y la sensación de conocernos de antes sin sospechar lo que el
futuro nos depara.
4
La noche avanza. Sobre la mesa hay cantidad
suficiente de botellas y hace unos minutos aterrizó la tercera caja de
aguardiente. Los ánimos se han puesto a punto y seguimos el juego. Ella sale y
enciende un cigarrillo. Una de sus amigas sale del lugar y se besa con uno de
mis amigos. Otra amiga se acerca a mí y me dice que ella me está esperando
afuera. Salgo. Me convida cigarrillo y acepto. Hacemos alguna broma sobre los
besucones y les espiamos tras la verja. Me pregunta el nombre de mi amigo y le
digo un nombre falso. Me rio y ella me sigue, su ingenuidad me enternece y
descubro su boca muy cerca de la mía. Se ha quitado la chaqueta y lleva una
blusa color abeja. Le comento que Maya es la abeja reina y ella dice que
detesta las abejas, que le causan pánico. También descubro tatuajes en cada uno
de sus brazos: un pingüino que parece odiarme y un molino que me amenaza con
sus astas. La ternura se transforma en deseo. La recorro con la mirada y quizás
con la yema del dedo, me siento atrevido pero su boca está cada vez más cerca a
la mía. Abandonamos la reja y el espionaje, me pregunta mi nombre y no soy
capaz de mentirle dos veces, le pregunto el suyo y sonrío, golpeo su botella en
son de brindis y la beso.
5
El teléfono no repica y comprendo la situación. Ya
no me extraña, ya no me necesita. Los errores que cometemos son las cicatrices
de la memoria. La primera vez regresé porque la extrañaba y la necesitaba a mi
lado, la segunda fue un reflejo instintivo, no podía aceptar que le perdía. La
tercera es una encrucijada, un dilema que se cierne sobre la conciencia. La
configuración de mis acciones se aferra a su idea vital, a la tradición de lo
que soy mientras que sus exigencias se abren paso a través de mi deseo y mi
amor. Lo que soy se enfrenta a lo que debo ser. Mis indagaciones azuzan mi
ritmo cardiaco y mi estado mental. En los momentos más críticos decido ajustar
cuentas con el destino pero el azar sabe que soy más rubio que cobarde. Pienso,
si me llama esta noche voy a prometerle el cielo y las estrellas, voy a tomar
conciencia y a ponerme una corbata. Voy a cambiar por ella y jamás tendrá una
queja mía, voy a ser el hombre que espera y no habrá espacio a dudas. Pero el
destino se ríe y el teléfono sigue sin repicar. El tiempo pasa y ella no piensa
en mí, ella no me extraña. Entonces pienso: si no me llama lo dejo todo, abandono
mis sentimientos y me resigno, le deseo feliz vida y me enclaustro a llorar
mientras el tiempo se come mis heridas. Lo inteligente sería dejar ir a la
mujer amada en el momento justo, pero es estúpido pensar que se conoce el
momento justo. El azar se ríe y el teléfono repica. Levanto la bocina esperando
una respuesta: número equivocado.
6
Curiosamente el gato fue el único que salió a
despedirme. Sus bigotes azuzaban rastros de leche y culpa. Era su culpa. Cerré
la maleta y abandoné la casa de mamá para siempre. Me instalé en una minúscula
habitación con paredes agrietadas y me prometí encontrar un trabajo urgente.
Mientras retiraba una gruesa capa de polvo del marco de la ventana observé el
día lluvioso que hacía, la recordé por unos minutos y la recordé distante. El
fulgor de su mirada me recorrió la espina dorsal y la supuse agobiada de mi
torpe amor, de mis promesas irrealizables y de mis efímeros buenos cambios. Una
libélula rosada se apareció frente al vidrio y la dejé pasar. Divagó por los
alrededores del bombillo y finalmente se dejó caer muerta sobre una pila de
papeles. Su cuerpo resbaló dejando una gruesa línea rosa como rastro. Agarré
unos cartones y recogí el cadáver. La puse en el retrete y con cierta
melancolía descargué. El agua se la fue llevando mientras lentamente se
instalaba una sensación de incertidumbre en mi pecho. Regresé a la habitación y
ajusté los tornillos del catre. Sacudí el colchón, lo puse y me tumbé boca
arriba. Observando el cielo raso de mi alcoba descubrí que esa mujer ya no me
amaba. El vacío me fue tragando hasta fundirme en sueño. Al despertar me
encontré sumido en un día más gris y más amargo. La recordé por unos minutos y
la recordé como una libélula sin amor. Escribí su nombre en el papel de la raya
rosa y me prometí no volver a abrir nunca la ventana.
7
Estoy en el parque fumando un cigarrillo. Un leve
mareo incinera mi cuerpo y recuerdo que no fumaba hacía cinco meses. Una pareja
pelea a mis espaldas mientras su perro hace las necesidades. Trato de recordar
sus palabras exactas pero la memoria me falla. La imagino feliz con otro, llena en sus exigencias.
Satisfecha, saciada. La imagino lejos de mi cuerpo, intangible. La panza se me hincha
de culpa y de dudas. Configuro panoramas, formulo hipótesis y creo futuros
inciertos. Pienso en si es princesa o bruja, si soy sapo o príncipe. Analizo en
retrospectiva nuestro pasado y admito mi culpa. Sufro en consecuencia y me hago
cargo del ardor en el alma. Un culebreo energético me recorre la cabeza y sufro
un dilema: ¿debo amar a quien me exige cambio o debo cambiar por amor? La pareja
se agarra a golpes y se tumba por la pradera, ruedan hasta quedar uno sobre el
otro, se observan contenidamente y con la ira intacta se besan. Me pregunto si
realmente amo a esta mujer y descubro que el perro ha dejado un cúmulo gigante
de mierda en mis narices.
8
Ignoro si se están besando en este momento. Ignoro
si él respeta el mal ajeno, lo dudo considerado con la situación. Ella, por
constitución moral, evitaría besarlo si aún hay un título conmigo de por medio.
Ignoro si tenemos un título, ignoro si es sólo el título lo que cuenta, ¿podrá
besarlo si no tenemos uno? ¿Lo está besando en este momento? ¿La han gustado
sus besos? Los nervios enceguecen. Quiero traicionarla pero no conozco a nadie.
Entro en una página de chicas, una tal Yii_80 me saluda y me dice que está
caliente, le sigo el juego y charlamos. Le hablo del cosmos, de Hitchcock, de
las tortugas jicoteas del Caribe, de la crisis europea y ella quiere ver mi
polla. Se la enseño y queda fascinada, me envía una foto de su concha y quiere
que eyacule en su boca. Le pregunto dónde vive y me dice que en China, le digo
que estamos un poco lejos pero parece no importarle. Le pido una foto de su
cara y dice que no puede, me exige depositarle dinero en una cuenta si quiero
verla en vivo a través de una cámara web. Me lo pienso y no tengo fondos,
cierro sesión y pienso ¿se estarán besando? ¿Le gustan sus besos? ¿Irán a la
cama? Los nervios enceguecen el doble, le digo a Yii_80 que voy a ahorrar para
costearme un viaje a China.
9
Es media noche y el teléfono jamás sonó. Supongo que
sé lo que eso significa. Me tumbo en la cama y el cansancio me destruye. En mis
sueños ella se hace fuerte y nítida, se acerca a mí y la tomo por el rostro, le
pido una pista que esclarezca el panorama pero no la sabe y sé que aunque la
supiera no me la daría. Trato de besarla pero hasta en mis sueños es fría y
esquiva. Me evita. Pienso y doy por sentado que ella y el otro están diseñados para vivir juntos y felices. Pienso y doy por
sentado que ya se aman, que pasaron
la noche juntos. El otro en el fondo
puede ser cualquiera, un escueto y guapo número sin rostro. No hay atajos que
conduzcan al corazón de una mujer, el camino más corto es una Mastercard. Me cabrea pensar que todo
muere entre nosotros, que jamás me ha visto triunfar, que sólo conoció al yo
que fracasa y tiene pesadillas. El sueño termina conmigo y una morocha gigante
que también me hace el quite. Despierto con una sensación de pérdida irremediable.
El viento se cuela por las rendijas de metal y entra yerto. Me encojo entre las
cobijas y su recuerdo se instala en mi mente. Pienso en sus palabras más
certeras: Ya no estoy enamorada de ti,
trago entero y supongo dos subtextos. En el primero me pide que deje las cosas
así y que me largue con la poca dignidad que me queda. Que la deje en paz, que
todo ha terminado. En el segundo me pide a gritos que la reconquiste, que la enamore
de vuelta y la haga feliz, pero sin cadáver no hay delito. Ignoro qué
escenarios maquina su mente, ignoro sus verdaderos sentimientos, los que se esconden
en el fondo oscuro de su iluminado corazón. Me ahogo en mis pensamientos
mientras supongo que reconquistarla es inútil. No puedo entrar en una fortaleza
que no tiene puertas. Supongo que la pista que esperaba podía haber sido una
minúscula ventana o un pequeño hoyo por el cual entrar pero como ya dije el
teléfono jamás sonó y sé lo que eso significa. El axioma dice que entre dos siempre
hay uno que sobra. Entro los dos ella es la mejor persona, a mí el ánimo no me
da para cambiar lo que erráticamente soy. La imagino hastiada de mi, de mi indecisión. Lo entiendo y doy el paso al costado. Pero no me da culpa pensar que hundí
un titanic, a fin de cuentas, hay
muchos barcos en el mar.
